A 30 días del Mundial: Corea entre bronca y esperanza
A un mes del inicio de la Copa del Mundo en México, Canadá y Estados Unidos, Corea del Sur vive una cuenta atrás extraña: más ruido fuera del campo que certezas dentro. El equipo acumula once presencias mundialistas consecutivas, pero pocas veces había llegado con un ambiente tan enrarecido.
La figura en el centro del huracán tiene nombre y apellido: Hong Myung-bo. Su nombramiento en el verano de 2024 fue polémico desde el primer día y, desde entonces, la selección se ha convertido en el blanco de la frustración de la afición. Cuando los hinchas llenaron los estadios, no fue para celebrar, sino para abuchear sin piedad al técnico y exigir la dimisión del presidente de la federación, Chung Mong-gyu. Cuando no protestaron, directamente dejaron de ir.
El 14 de octubre, apenas 22.206 espectadores se acercaron al Seoul World Cup Stadium para un amistoso ante Paraguay, el peor registro en una década para un partido de la absoluta masculina en casa. En un recinto para 66.000, el vacío pesó más que el rival. Un mes después, ante Ghana en el mismo escenario, la entrada subió hasta 33.256, pero el mensaje ya estaba claro: el vínculo selección–afición se ha agrietado.
Resultados que no calman
Lo paradójico es que Corea ganó esos dos encuentros, y también el amistoso intermedio frente a Bolivia en Daejeon, arropado por unas 33.000 personas. Tres victorias, pero casi ninguna certeza. El juego no convenció, las dudas crecieron y el nuevo año, el del Mundial, arrancó golpeando donde más duele: en el marcador y en la confianza.
Dos amistosos fuera de casa, dos derrotas. Un 4-0 contundente ante Costa de Marfil el 28 de marzo y un 1-0 frente a Austria tres días más tarde. Más que tropiezos, fueron avisos. A partir de ahí, la sensación de pesimismo se instaló en buena parte del entorno. El optimismo, ahora, se mide con cuentagotas.
Y, sin embargo, el sorteo ha sido amable. Corea, número 25 del ranking mundial, cayó en un Grupo A que muchos analistas consideran asequible: México (15ª), Czechia (41ª) y Sudáfrica (60ª). No es un camino de rosas, pero dista de los grupos imposibles que ha sufrido en otros mundiales.
Un grupo manejable y poco viaje
El calendario también ayuda. Corea debutará ante Czechia el 11 de junio a las 20:00 en Guadalajara (11:00 del 12 de junio en Corea). Luego llegará México, el 18 de junio a las 19:00, otra vez en Guadalajara. Cerrará la fase de grupos frente a Sudáfrica el 24 de junio a las 19:00 en Monterrey.
Tres partidos en territorio mexicano y solo un cambio de ciudad. Menos desplazamientos, menos desgaste, más tiempo para preparar partidos clave. En un Mundial ampliado a 48 selecciones, con 12 grupos y una ronda de 32 en la que avanzan los dos primeros de cada grupo y los ocho mejores terceros, la puerta de la clasificación se abre un poco más de lo habitual.
Ese contexto alimenta una conclusión casi unánime entre los expertos: Corea debería superar la fase de grupos. La incógnita es qué pasará después.
El techo histórico lejos de casa está claro: dos clasificaciones a octavos de final, en Sudáfrica 2010 y Qatar 2022. Ahora, la misión es repetir –o mejorar– esa marca en un torneo que ofrece, al menos sobre el papel, un cruce inicial menos feroz que en otras ediciones.
Las voces de los analistas
Kim Dae-gil, analista televisivo, ve el vaso medio lleno. Su pronóstico es directo: “Corea llegará al menos a octavos de final”. Su razonamiento se apoya en el grupo y en el formato.
Según él, el equipo no tendrá que desgastarse tanto como en otros mundiales en la primera fase. A su juicio, Corea podría vencer a Czechia y Sudáfrica “seis veces de cada diez”. Eso, sumado a la posibilidad de clasificarse como primera o segunda de grupo, abriría la puerta a un rival “ganable” en la ronda de 32.
Kim señala dos nombres propios como diferenciales: Son Heung-min, ahora en Los Angeles Football Club, y Lee Kang-in, cerebro del Paris Saint-Germain. Los ve como auténticos “game changers”, futbolistas capaces de inventar ocasiones de gol de la nada. Pero su elogio viene acompañado de una advertencia seria: la plantilla se afina demasiado cuando se mira más allá de ellos.
“La distancia entre titulares y suplentes es considerable”, apunta. Para ir más allá de los octavos, no bastará con el talento de las estrellas; harán falta soldados fiables alrededor. Y, sobre todo, que Son y compañía lleguen sanos al tramo decisivo.
Un pesimismo que se abre paso
No todos comparten ese optimismo. Seo Hyung-wook, otro analista, ha rebajado sus expectativas con el paso de las semanas. Al principio veía al equipo con nivel para alcanzar los octavos. Hoy, con la lesión de Hwang In-beom en el tobillo, sitúa el techo en la ronda de 32.
Hwang, pieza clave en las dos áreas, se ha vuelto casi insustituible. El centrocampista del Feyenoord se recupera de una lesión en el tobillo derecho sufrida en marzo, bajo la supervisión del cuerpo médico de la selección. Su estado físico marcará el tono del mediocampo coreano.
Seo subraya que otros pilares tampoco llegan en su mejor momento. Lee Kang-in y el central Kim Min-jae, del Bayern Munich, han perdido protagonismo en sus clubes. Menos minutos, menos ritmo, más interrogantes.
La gran baza, según Seo, es la química entre las figuras que juegan en Europa: Son, Lee, Kim y compañía se conocen, han compartido muchas batallas y entienden los automatismos del fútbol de élite. El problema es que la lista de jugadores con ese pedigrí es corta. “En este momento, no se puede decir que haya alguien preparado para rendir a nivel verdaderamente mundial en esta Copa del Mundo”, sentencia.
La mirada crítica de Park Chan-ha
Park Chan-ha completa el trío de analistas y también se muestra escéptico. Para él, el camino de Corea terminará en la ronda de 32. Reconoce el talento individual del plantel de Hong Myung-bo, pero ve un defecto estructural: la dificultad para generar ocasiones de gol de manera sostenida.
La selección, explica, depende demasiado de destellos individuales para aprovechar las pocas oportunidades que crea. En un Mundial, ese margen es peligrosamente estrecho. Los dos amistosos perdidos en marzo ya dejaron pistas de esos límites: cuando el plan A no funciona, no aparece un plan B claro.
Si Hwang In-beom no llega al cien por cien o se queda fuera, Park teme que esos problemas se agranden. Menos control en el mediocampo, menos pases entre líneas, más presión sobre Son y Lee para inventar jugadas imposibles.
El partido que lo puede cambiar todo
En un punto, los analistas coinciden: el primer partido lo condiciona casi todo. Para Park, el duelo ante Czechia es “el más importante”. Lo define sin rodeos: es el encuentro que Corea “debe ganar”. Si no lo hace, el panorama se oscurece.
Czechia no se caracteriza por su vocación ofensiva. Se siente cómoda cerrando espacios, defendiendo bajo y esperando el error rival. Justo el tipo de rival que puede atragantarse a una Corea que sufre para romper defensas ordenadas. Si el equipo de Hong no encuentra vías de entrada, el estreno puede convertirse en un muro psicológico.
Seo refuerza esa idea. Recuerda que, en la historia mundialista de Corea, el resultado del debut ha marcado muchas veces el rumbo del torneo. Y avisa: el segundo partido, ante México, será un examen mucho más duro. Llegar a ese choque sin una victoria en el bolsillo sería jugar con fuego.
Curiosamente, Kim Dae-gil ve ese mismo México–Corea como el duelo clave, pero por otro motivo. A su entender, ambos equipos pelearán por el primer puesto del grupo. Ese encuentro, en Guadalajara, podría definir no solo la clasificación, sino el cruce en la ronda de 32.
Entre la desconfianza y la oportunidad
Corea viaja al Mundial con un entrenador discutido, una afición dividida, figuras tocadas y una estructura táctica bajo sospecha. También lo hace con un grupo accesible, menos desgaste logístico que muchos rivales y una generación que, cuando se conecta, ha demostrado poder competir con casi cualquiera.
Quedan 30 días para que el balón ruede en Guadalajara. Treinta días para que Hong Myung-bo encuentre respuestas, para que Hwang sane, para que Son Heung-min y Lee Kang-in afinen su sociedad. Treinta días para que un país que ha aprendido a vivir el Mundial como una costumbre decida si este torneo será otro capítulo gris o el inicio de una reacción inesperada.
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