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Ruud Gullit critica la situación de Chelsea: despedidos seguros

Ruud Gullit observa a distancia y no le gusta nada lo que ve. El hombre que llevó a Chelsea a ganar la FA Cup en 1997, como jugador-entrenador, describe sin rodeos lo que se ha convertido en la nueva realidad del club: un banquillo tóxico para cualquier técnico de élite y una plantilla desequilibrada, en la que la promesa ha arrasado con la experiencia.

De campeón mundial a noveno en liga

Hace apenas un año, Stamford Bridge vivía en un clima muy distinto. Títulos en la Conference League y en el FIFA Club World Cup, billete a la Champions League, sensación de proyecto en crecimiento. Doce meses después, el paisaje es otro: novenos en la Premier League, a la deriva en la tabla y con el riesgo real de quedarse sin competiciones europeas de ningún tipo en 2026-27.

El contraste es brutal. Los propietarios han seguido abriendo la chequera, fichando talento joven a golpe de millones, pero el debate ya no es cuánto se gasta, sino en qué se gasta. La apuesta sistemática por el potencial, por la proyección, ha dejado al equipo sin ese esqueleto veterano que sostiene a los grandes vestuarios.

La consecuencia se ve cada fin de semana: un Chelsea capaz de competir con cualquiera durante 45 minutos y desmoronarse en los siguientes 45. Un equipo que encadena rachas, que no encuentra una línea reconocible. La inconsistencia se ha instalado en Stamford Bridge y ha devorado a dos entrenadores en una sola temporada.

Maresca y Rosenior, fuera; McFarlane, a todo o nada

Enzo Maresca y Liam Rosenior ya son historia. El banquillo ha pasado a manos de Calum McFarlane, técnico interino que, en medio del caos, ha encontrado una vía de escape: la FA Cup.

McFarlane ha llevado a Chelsea hasta la final del torneo. El 16 de mayo, en Wembley Stadium, el club se jugará algo más que un título contra Manchester City. Está en juego un trofeo que salvaría el año y, sobre todo, un pasaporte directo a la Europa League 2026-27.

Un triunfo ante el equipo de Pep Guardiola no borraría todos los problemas, pero maquillaría varios. Permitirá vender la temporada como “de transición con título” en lugar de “fracaso sin Europa”. Aun así, la sensación es clara: el verano obligará a tomar decisiones duras tanto en el banquillo como en el vestuario.

¿Sigue siendo Chelsea un destino para los mejores?

El nombre del club todavía pesa, pero la pregunta ya no se evita: ¿sigue siendo Chelsea un lugar atractivo para los grandes entrenadores?

Los rumores apuntan a perfiles muy diferentes: Cesc Fàbregas, Xabi Alonso, Andoni Iraola, Marco Silva. Todos con ideas claras, con reputaciones al alza, con propuestas reconocibles. Pero también con algo en común: pueden elegir. Y hoy, aceptar Chelsea implica un riesgo evidente.

Cuando a Gullit le plantean si el club se ha convertido en una opción poco apetecible para los mejores, el neerlandés no se esconde. Su respuesta es directa, casi quirúrgica. Explica que cualquier entrenador de élite ve lo mismo que él: una plantilla que pide a gritos jerarquía.

“Necesito jugadores experimentados. Necesito un Casemiro, un [Aurelien] Tchouameni. Necesito ese tipo de futbolistas en el centro del campo. Necesito esa experiencia al lado del talento joven”. Sin ese equilibrio, avisa, el proyecto se tambalea.

Para Gullit, el problema no es solo de nombres, sino de contexto. De entorno. De cultura de club.

“La única certeza en Chelsea es que te despiden”

El diagnóstico del exentrenador blue es demoledor. “Lo único que es seguro para un entrenador de Chelsea es que le van a despedir. Esa es la única certeza”. No es una frase lanzada al aire, sino un retrato de un banquillo que devora proyectos a una velocidad que asusta.

Gullit pone el foco en algo que cualquier técnico de élite analiza antes de firmar: ¿encaja la filosofía del club con la suya? ¿Le van a dar los jugadores que necesita para ejecutar su idea? Si la respuesta es no, el riesgo es enorme.

El neerlandés pone un ejemplo claro. Pep Guardiola ha construido su hegemonía en Manchester City con una condición básica: tener los futbolistas que pide. “Pep Guardiola consiguió todos los jugadores que quería. Por eso ha tenido éxito”. Y luego lanza el dardo definitivo: si a Guardiola le dijeran “apañatelas con lo que te damos”, no iría. Y no solo él. Tampoco José Mourinho. Tampoco Jürgen Klopp. Tampoco Carlo Ancelotti. Son técnicos que conocen la fórmula, que saben lo que necesitan para ganar, y que no aceptan proyectos a ciegas.

Ese es el espejo incómodo en el que se mira hoy Chelsea: un club que aspira a atraer a los mejores, pero que ofrece pocas garantías y una paciencia mínima.

Un final de temporada con poco margen de error

En lo inmediato, el equipo intenta agarrarse a cualquier hilo de esperanza. Rompió una racha de seis derrotas consecutivas en Premier con un 1-1 ante Liverpool, un punto que, más que por la clasificación, valió para cortar la hemorragia.

Tras la final de la FA Cup, quedarán dos partidos de liga. Primero, la visita de un Tottenham amenazado por el descenso a Stamford Bridge. Después, un viaje a Sunderland en la última jornada. Sobre el papel, un calendario manejable. En la práctica, un examen constante a un grupo que ha demostrado ser capaz de complicarse cualquier escenario.

Las cuentas dicen que Chelsea todavía puede colarse entre los siete primeros. La realidad es que las probabilidades son escasas y que la temporada se ha ido consumiendo entre dudas, cambios en el banquillo y una sensación permanente de provisionalidad.

Y ahí está el gran reto: convencer al próximo entrenador de que acepte sentarse en una silla que quema. El elegido llegará sabiendo que tendrá poco margen de error, que cada tropiezo alimentará el ruido y que, como dice Gullit, la única certeza en Stamford Bridge es que, tarde o temprano, el club buscará a otro.

La cuestión ya no es solo quién se atreverá a asumir el reto. Es cuánto tiempo estará dispuesto Chelsea a sostener, por fin, un proyecto que no viva al borde del abismo.