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El viaje de Irak al Mundial: 40 años después

La clasificación de Irak al Mundial, la primera en cuatro décadas, no se entiende mirando solo un marcador o una tabla. Se entiende en la carretera. En los autobuses. En los coches que cruzan un país marcado por la guerra para perseguir un sueño de 90 minutos en Monterrey.

René Meulensteen, ayudante del seleccionador Graham Arnold, lo resume sin adornos: algunos jugadores necesitaron hasta ocho horas solo para llegar por tierra a Bagdad desde sus ciudades. Y eso era apenas el primer tramo.

Desde la capital, arrancaba la verdadera odisea: unas 15 horas por carreteras irregulares hasta Ammán, en Jordania, uno de los pocos puntos desde donde todavía salían vuelos. Los futbolistas que militan en Asia tuvieron que buscarse la vida para confluir allí. Solo entonces, todos juntos, pudieron empezar a pensar en México.

FIFA había preparado un chárter privado. Ni eso salió sencillo. Nueve horas de retraso en tierra. Después, ocho horas de vuelo hasta Lisboa, dos horas de escala, y otras doce horas sobre el Atlántico rumbo a Monterrey. Para muchos, el partido más importante de sus vidas empezó mucho antes del pitido inicial.

La recompensa llegó donde más duele al cansancio: en el césped.

Monterrey, punto de llegada y de regreso

Con tiempo justo para recuperar piernas y cabeza, Irak se plantó en el playoff definitivo ante Bolivia. Ganó 2-1 y se quedó con el último billete al Mundial. Lo hizo lejos de casa, pero no en silencio.

Las gradas se tiñeron de una mezcla curiosa: mexicanos a los que se les habían entregado las entradas sobrantes, más una nutrida colonia de iraquíes residentes en Estados Unidos. El ruido fue iraquí, aunque los acentos fueran distintos.

Para Meulensteen, el escenario tenía algo de destino. Irak jugó su único Mundial anterior, el de 1986, también en México. El cuerpo técnico se agarró a ese símbolo. El mensaje al vestuario fue claro: recordad el camino, quizá este partido tenía que ser aquí.

Mientras tanto, en Bagdad, era de madrugada. Y era un caos. Un caos feliz. Vídeos de celebraciones, calles desbordadas, bocinas, banderas. Un país exhausto de malas noticias, de conflictos, de heridas abiertas, encontraba por fin una razón para salir a la calle a celebrar algo juntos. Energía. Esperanza. Orgullo. Tres palabras que, por unas horas, pesaron más que cualquier titular de guerra.

No es la primera vez que el fútbol le ofrece a Irak una tregua emocional. Ahí está el cuarto puesto en los Juegos Olímpicos de 2004, con victoria incluida ante la Portugal de Cristiano Ronaldo. O el título de la Copa Asiática 2007, que unió por un instante a un país desgarrado por la guerra civil. También entonces, como en 1986 y ahora, el balón rodaba sobre un telón de fondo de conflicto.

Meulensteen lo ve cada vez que recorre las ciudades. Irak todavía siente las secuelas de la segunda guerra del Golfo. Se reconstruye, sí, pero la comparación con centros de poder regional como Dubái o las grandes urbes de Arabia Saudí es imposible. Logística, infraestructuras, organización: todo cuesta el doble.

Y, sin embargo, el ambiente dentro del grupo es otro. El neerlandés, de 62 años, se declara enamorado de esa cultura de vestuario. Los trayectos en autobús hacia los entrenamientos y los partidos son un concierto improvisado: cantos, música, bromas. “Absolutamente brillante”, dice. Una alegría que choca frontalmente con el paisaje exterior, pero que explica por qué este equipo ha llegado hasta aquí.

El grupo imposible y el factor sorpresa

El sorteo no tuvo piedad. Francia, Senegal y Noruega esperan a Irak en lo que muchos consideran el grupo más duro del torneo. Meulensteen lo compara con un Manchester United–Grimsby. La metáfora parece cruel, pero esconde un matiz: Grimsby ganó ese duelo el pasado agosto. El pequeño también puede morder.

El técnico sabe de qué habla cuando se trata de desafiar pronósticos. Junto a Arnold, llevó a Australia a una fase final reciente y se plantó en un grupo con Francia, Dinamarca y Túnez sin demasiada fe externa. Salieron de allí con victorias ante daneses y tunecinos y un partido muy serio ante Argentina en octavos. La etiqueta de tapado les sentó bien.

Para Irak, la apuesta es similar: vivir del factor sorpresa. El equipo mezcla futbolistas nacidos en el país con otros de ascendencia iraquí. No todos hablan árabe, pero Meulensteen se defiende en el idioma gracias a sus primeros años como entrenador en Catar en los 90. Para irse allí en 1993 tuvo incluso que casarse con su novia: la convivencia sin matrimonio no estaba permitida.

Ese tipo de decisiones personales, tomadas por el fútbol, marcan una trayectoria que lo llevó desde Oriente Medio hasta uno de los banquillos más exigentes del planeta.

Del desierto a Carrington: Ronaldo, Ferguson y una idea de juego

Ocho años después de llegar a Catar, Meulensteen aterrizó en Manchester United. Lo hizo de la mano del director de la academia, Lee Kershaw, y con la recomendación de Dave Mackay, que lo había conocido cuando dirigía a la selección sub-17 de Catar. Empezó en la base y terminó trabajando al detalle con las estrellas del primer equipo.

En 2007, tras un breve paso como entrenador principal de Brøndby, regresó a Old Trafford con un rol muy concreto: potenciar individualmente a jugadores clave. Entre ellos, un joven Cristiano Ronaldo que estaba a punto de dar el salto definitivo hacia la élite absoluta.

Meulensteen se sentaba con él en el campo y frente a la pantalla. Sesiones específicas, vídeos, correcciones. El foco: la definición. Dividir el área en zonas, identificar el tipo de centro que llegaba y asociar a cada zona y cada servicio el remate más eficaz. Menos adorno, más daño. Menos filigrana, más gol.

La consigna era clara: ser imprevisible, variar constantemente el juego. Con los años, Cristiano convirtió ese consejo en una seña de identidad.

Lo que más le impresionó al técnico neerlandés fue la obsesión del portugués por la perfección. En Carrington, había una jaula vallada con tableros de rebote. Cuando el entrenamiento terminaba, Ronaldo solía encerrarse allí solo durante 10 o 15 minutos más. Toques, controles, ejercicios con los tableros para dominar el balón en ángulos imposibles. Meulensteen le enseñó varias rutinas y el delantero las devoró.

Todo ese trabajo, las sesiones en el césped y las conversaciones, acabó recopilado en un DVD. Un PowerPoint con clips de vídeo y mensajes sobre la importancia de fijarse objetivos claros. La idea era simple: quien sabe exactamente lo que quiere suele llegar más lejos que quien no lo tiene definido.

Al inicio de la temporada 2007-08, Meulensteen le preguntó a Ronaldo cuántos goles se proponía marcar después de haber firmado 23 el curso anterior. Cristiano dijo 30. El entrenador le lanzó un reto: “¿Y por qué no 40?”. El portugués aceptó. Cerró el año con 42, y United levantó la Premier League y la Champions League.

En el verano de 2008, Meulensteen fue ascendido a entrenador del primer equipo. Sir Alex Ferguson le entregó tres hojas de rotafolio. En ellas, su visión de cómo debía jugar Manchester United. Ese esquema se convirtió en brújula para cada sesión.

Había principios defensivos, conceptos de posesión, pero la tercera hoja era la que Ferguson consideraba sagrada: el ataque. Velocidad, potencia, penetración, imprevisibilidad. Cuatro palabras. Cuatro exigencias que debían aparecer en cada entrenamiento. Cuando uno repasa aquel United en plenitud, las encuentra en cada transición, en cada contraataque, en cada oleada ofensiva.

Tras su salida de Old Trafford en 2013, Meulensteen acumuló experiencias en Fulham, Estados Unidos, Israel e India antes de sumarse al proyecto de Australia rumbo al Mundial. Ese recorrido le dio algo más que táctica: una sensibilidad especial para tratar con jugadores que conviven con la duda y el miedo.

Su método es directo. Cuando un futbolista siente miedo, le pide que le ponga forma. ¿A qué teme exactamente? A veces es el resultado, otras las consecuencias de perder. No se puede controlar todo lo que entra en la cabeza, lo que se ve, lo que se oye. Sí se puede orientar la atención hacia el deseo: jugar bien, marcar, alcanzar un Mundial.

Con una condición: no se trata de cambiar quién eres, sino de añadir capas a tu juego. Sumar, no borrar.

Ferguson también entendía el poder de las palabras. Para él, las dos más importantes en el vocabulario de un entrenador eran “well done”. Meulensteen recuerda cómo, al final de muchas sesiones, el escocés pasaba a su lado, le daba un toque en el hombro y le regalaba precisamente ese reconocimiento. Pequeños gestos que construyen confianza.

La relación entre ambos trascendió el campo. Ferguson, lector voraz, amante de la historia y en especial de la guerra civil estadounidense, conversador inagotable sobre política, cine o cualquier tema que se pusiera sobre la mesa, se convirtió en compañero de viajes y de partidas de “Who Wants to Be a Millionaire?” en el iPad de Meulensteen durante los desplazamientos del equipo. Llegaban al final del juego con una frecuencia que todavía hoy sorprende al neerlandés.

De vez en cuando, aún se encuentran para tomar un té. Una hora y media, dos, que se evaporan entre anécdotas y recuerdos. Para Meulensteen, aquellos años en United fueron un periodo “hermoso” de su vida. Un capítulo que parecía difícil de igualar.

Y, sin embargo, ahora se sienta en un banquillo muy distinto, con un país entero colgado de cada balón dividido, y vuelve a sentir que algo grande está por escribirse. México, otra vez. Irak, otra vez. Cuarenta años después, el escenario es el mismo, pero la pregunta es nueva: ¿hasta dónde puede llegar un equipo que ya ha demostrado que no entiende de límites ni siquiera cuando el partido empieza en la carretera?