Cristiano Ronaldo y el dilema de Portugal en el Mundial
En Houston, la historia volvió a girar alrededor del mismo hombre. A los 41 años, en su sexto Mundial, Cristiano Ronaldo saltó al césped como capitán de Portugal ante DR Congo con el ruido de los demás gigantes todavía resonando: dobletes de Kylian Mbappé y Erling Haaland, hat-trick de Lionel Messi. El escaparate perfecto para responder. No lo hizo.
Veintinueve toques. Tres disparos, los mismos que goles había firmado Messi la víspera. Un gesto torcido, pasos pesados, poca influencia. Portugal se fue con un empate pobre y la sensación de haber jugado con un lastre emocional y táctico demasiado grande.
La racha sin goles de Cristiano en grandes torneos internacionales ya alcanza los 10 partidos. En el mismo tramo, Messi ha marcado nueve tantos. La comparación, inevitable, es cruel.
De los once titulares de Portugal en Houston, solo Bernardo Silva —retirado al descanso— tocó menos el balón que Ronaldo. Para un jugador que sigue ocupando el centro del proyecto, la cifra retrata algo más que una mala noche: expone un papel menguante en un equipo que, sobre el papel, debería estar preparado para dominar.
El escudo de Martínez
Roberto Martínez salió rápido en defensa de su capitán. No dudó ni un segundo en señalar al colectivo antes que al mito.
«No tiene sentido sacar al mejor goleador del mundo en un partido en el que necesitas goles», sostuvo.
Para el seleccionador, la experiencia de Cristiano en el área, su capacidad para atraer defensas y abrir espacios, sigue siendo irrenunciable. En su discurso, la responsabilidad se reparte: cada jugador aporta una pieza de calidad al tablero, y cuando se buscan goles, Cristiano debe estar.
El matiz es importante. Portugal no es una selección huérfana de talento creativo. Todo lo contrario. Detrás de Ronaldo se mueven Bernardo Silva, Bruno Fernandes, Pedro Neto, Vitinha, João Neves, João Cancelo, Nuno Mendes… futbolistas que, en sus clubes, figuran entre los mejores del mundo en la generación de ocasiones.
Culparlos a todos ellos, señalar al sistema y no al rematador, es una apuesta arriesgada. Pero las cifras permiten, al menos, entender por qué Martínez se agarra a esa idea.
¿Le están fallando los socios a Cristiano?
Si se observa la producción de Cristiano y se la coloca frente al espejo de Messi, Mbappé o Harry Kane, el debate gana matices. En sus últimos 10 partidos oficiales con la selección, solo Kane ha disparado menos a puerta que el portugués: 30 tiros para el inglés, 29 para Ronaldo.
En esos encuentros, el capitán de Portugal ha acumulado un xG (goles esperados) de 5,36. Los datos equivalentes de Messi no están disponibles, pero sí los de sus otros dos rivales directos: 7,15 para Kane, 8,76 para Mbappé. La diferencia no es menor. Habla de la calidad media de las ocasiones que reciben.
¿Tiene que ver eso con el servicio que le ofrecen sus compañeros? En parte, sí. Durante esos 10 partidos, Portugal generó un xG colectivo de 12,76 con Cristiano en el campo. Inglaterra, con Kane, llegó a 16,39. Francia, con Mbappé, a 21,99. Por 90 minutos, las cifras quedan así: 1,32 para Portugal, 1,34 para Inglaterra, 1,72 para Francia.
El siguiente nivel de análisis es todavía más revelador. El xG de Cristiano en jugadas asistidas por compañeros en esta racha sin goles se queda en 2,55. Kane alcanza 3,2. Mbappé se dispara hasta 5,78. En otras palabras: el francés está recibiendo ocasiones claras a un ritmo que el portugués solo puede mirar de lejos.
Con tanto talento creativo a su espalda, Ronaldo parece vivir de migas. Pero el cuadro no está completo si solo se mira a los que le rodean.
El declive del rematador implacable
Fernandes, Silva, Neves y compañía podrían responder con un argumento sencillo: quizá no han generado tanto como otras selecciones, pero sí lo suficiente para que Cristiano hubiese marcado algún gol. Bastaba con que hubiera aprovechado un par de esas oportunidades para que el ruido actual fuese mucho menor.
El problema es que ese viejo Ronaldo, el depredador que convertía media ocasión en un gol, ya no está apareciendo. Su rendimiento en el llamado ‘post shot xG’ —la diferencia entre los goles que debería marcar según la calidad de sus disparos y los que realmente anota— es demoledor.
Mientras Kane y Mbappé sobrepasan lo esperado (2,05 y 2,25 por encima, respectivamente), Cristiano se hunde en el extremo opuesto: -2,8. Casi tres goles menos de los que el modelo estadístico proyecta a partir de sus remates. No es un bache aislado; es la huella de una pérdida de filo en el área.
A esa caída en la contundencia se suma otra carencia que ya no se puede maquillar: su escasa participación en el juego. Ni se acerca al volumen de intervenciones de Messi, ni a la capacidad de Kane para bajar a recibir y enlazar, ni al radio de acción de Mbappé.
Su mapa de toques ante DR Congo lo deja claro. Poca presencia, muy localizada, casi siempre en zonas aisladas del perfil izquierdo, donde deberían explotar las arrancadas de Neto y las subidas de Nuno Mendes. En lugar de multiplicar líneas de pase, las tapa.
Todo el mundo sabe que Cristiano nunca fue un organizador. No se le puede pedir que dirija ataques desde atrás como Kane o Messi. Pero su rigidez posicional, su negativa a abandonar ciertas zonas, empieza a limitar tanto a la selección como las dudas que existen sobre el suministro que recibe.
El dilema que amenaza a una generación dorada
Martínez no puede desmontar de un plumazo todo su engranaje creativo para adaptarlo a un solo hombre. Tampoco está dispuesto a sentar a ese hombre. Cree en su aura, en su peso psicológico, en el miedo que aún inspira en las áreas rivales. Confía en que, tarde o temprano, el goleador histórico volverá a aparecer.
La consecuencia es un bloqueo. Portugal se queda atrapada entre lo que fue y lo que podría ser. Entre el respeto a una leyenda y la necesidad de liberar a una generación que tiene fútbol para mirar de frente a cualquiera.
Mientras la selección siga orbitando alrededor de un Cristiano que participa poco, recibe menos y define peor, cada torneo corre el riesgo de terminar con la misma pregunta amarga: ¿hasta cuándo puede permitirse Portugal vivir de recuerdos en lugar de apostar, de una vez, por el futuro que ya tiene en las manos?
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