Egipto rompe su maldición en penaltis y avanza a octavos
Egipto ya está en octavos de final del World Cup. Y lo hizo del modo más dramático posible, en una tanda de penaltis en Dallas que enterró años de traumas desde los once metros y dejó a Australia fuera tras un 1-1 que se estiró hasta la prórroga.
En el guion estaban todos los fantasmas: cuatro tandas consecutivas perdidas en grandes citas, el desgaste físico, la tensión de un partido que se negaba a romperse. Y, en el minuto 119, la aparición de Mat Ryan solo para la tanda, como especialista, como recordatorio de que el desenlace podía volverse a torcer. No esta vez.
Egipto convirtió sus cuatro lanzamientos. Australia falló dos. Y la noche texana se tiñó de rojo.
Un inicio australiano que no encontró premio
El partido arrancó con un aviso serio de Australia. Cristian Volpato, sin pensárselo demasiado, armó un disparo lejano que rozó el larguero en el minuto 5. Fue un latigazo que silenció por un instante a la grada y que pudo cambiar el paisaje del encuentro.
Ese susto despertó a Egipto. A partir de ahí, el equipo africano se adueñó del primer tiempo. Mandó en las segundas jugadas, ganó metros y empezó a empujar a Australia hacia su propia área.
El gol llegó pronto, en el minuto 13. Un centro al segundo palo encontró completamente solo a Emam Ashour, que solo tuvo que inclinar el cuello y dirigir el balón a la red. Un cabezazo sencillo en la ejecución, demoledor en el marcador. Egipto mandaba y daba la sensación de tener el partido donde quería.
Australia respondió a ráfagas. Zico se plantó ante la portería y definió desviado en el 21’, aunque la acción quedó invalidada por fuera de juego. Fue más un aviso que una amenaza real. El ritmo, la iniciativa y la confianza eran egipcias.
Ocasión perdida y castigo inmediato
Nada más salir del descanso, Egipto tuvo el momento que pudo haber cambiado la historia. Omar Marmoush se encontró con una ocasión clarísima nada más sacar de centro. Se perfiló, buscó el palo… y la cruzó demasiado. El balón se perdió por centímetros.
Ese error pesó. El tipo de jugada que, en un Mundial, suele perseguir a un equipo.
El castigo llegó al minuto 55. Un balón colgado, una acción aparentemente sin demasiado peligro, y un leve desvío de Mohamed Hany hacia su propia portería. El toque fue mínimo, el efecto máximo: Australia empataba gracias a un gol en propia meta que heló a Egipto.
El encuentro se volvió más tenso, más trabado. Los egipcios siguieron llevando la iniciativa, pero Australia se sintió más cómoda, más arropada por el marcador. Cada balón dividido empezó a oler a drama.
Beach sostiene a Australia y fuerza la prórroga
Cuando el reloj ya se asomaba al añadido, Egipto rozó la clasificación directa. Minuto 90+4. Centro medido, cabezazo potente de Ramy Rabia y una intervención sensacional de Patrick Beach, que voló para desviar el balón por encima del larguero. Una parada de reflejos y de instinto que mantuvo con vida a Australia y envió el partido a la prórroga.
Ese gesto del guardameta resumía la resistencia australiana: un equipo que sufría, pero no se rendía.
Salah aparece, pero el destino se reserva para los penaltis
En la prórroga, el partido encontró a su estrella. Mohamed Salah, más apagado en los 90 minutos, empezó a recibir, girarse y encarar. Cada vez que tocaba la pelota, el aire cambiaba. Egipto se volcó sobre él, buscó su talento como vía de escape.
Salah generó, se ofreció, tiró del grupo, pero no encontró el gol. Ni él ni sus compañeros lograron romper el empate. El miedo a cometer un error definitivo se notaba en cada decisión. El reloj cayó como una losa sobre las piernas de ambos equipos.
Con el 1-1 intacto, el desenlace se fue a donde Egipto menos quería: la tanda de penaltis. Y justo entonces llegó el movimiento de Tony Popovic: Mat Ryan al campo en el 119’, sustituyendo a Beach. Toda la experiencia del veterano guardameta australiano para un cara o cruz.
La maldición egipcia se rompe desde los once metros
La presión era brutal. Egipto arrastraba cuatro tandas perdidas. Australia llegaba con un especialista recién entrado. El guion parecía escrito para el drama.
El primer giro llegó de inmediato. Harry Souttar abrió la tanda para Australia… y mandó su disparo por encima del larguero. Un lanzamiento fuera, seco, directo al corazón de su equipo. Egipto respiró.
Los egipcios no fallaban. Uno tras otro, lanzamientos firmes, seguros. Entre ellos, el de Mohamed Salah, que decidió adornar la noche con una Panenka. Carrera, pausa y toque suave al centro, mientras Ryan se vencía a un lado. Un gesto de jerarquía, de capitán que asume el foco en el momento más caliente.
La tanda avanzó con cinco penaltis convertidos entre ambos equipos tras el fallo inicial de Souttar. Australia seguía viva, pero caminaba sobre el alambre. Hasta que llegó Lucas Herrington. Tomó carrera, eligió potencia… y el balón se estrelló en el larguero. Otro golpe demoledor.
La oportunidad quedó servida. Abdelmaguid se plantó frente a Ryan con el pase a octavos en sus botas. No tembló. Amagó, esperó el movimiento del portero y lo engañó, enviando el balón al lado contrario. Gol. Clasificación. Estallido egipcio en Dallas.
Australia, que había mostrado carácter y competitividad, se derrumbaba en el único territorio donde no tuvo respuesta.
Egipto mira a Messi… o a la sorpresa
El triunfo coloca a Egipto en octavos de final, donde le espera Argentina o Cabo Verde. En el horizonte asoma un posible duelo con Lionel Messi, un choque de gigantes que Mohamed Salah no esquiva, pero mira con respeto.
Egipto llega a esa cita con algo más que un billete: viaja con la sensación de haber roto una barrera mental, de haber ganado una batalla histórica contra sus propios miedos desde el punto de penalti.
Australia se marcha con la cabeza alta, convencida —como recordó Tony Popovic— de haber demostrado que su fútbol compite y resiste. Egipto, en cambio, sigue en el torneo. Ya no carga con una maldición. Carga con una oportunidad. Y en un Mundial, eso lo cambia todo.
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