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Egipto rompe el techo de cristal ante Australia en Mundial

Egipto ya sabe lo que es ganar un partido de eliminación directa en un Mundial masculino. Australia, de rodillas en el punto de penalti, tardará mucho más en olvidarlo.

En un estadio cerrado, climatizado y lleno con 70.000 personas, el ruido cayó como una pared sobre los futbolistas. Y al final, entre silbidos, nervios y miradas clavadas en el punto blanco, apareció la figura inevitable: Mohamed Salah. Frío, quirúrgico en la tanda. Lágrimas de alegría después. Corazones australianos hechos añicos.

Un plan desesperado en la portería

Tony Popovic jugó su última carta justo antes de los penaltis. Retiró a su guardameta titular y lanzó al campo a Mathew Ryan, el capitán, el veterano, el hombre de las noches grandes. Era un gesto de fe, casi un acto de desesperación.

No funcionó.

Australia empezó la tanda pateando hacia el fondo ocupado por la hinchada egipcia, un mar rojo de banderas y silbidos. Harry Souttar, el central gigante, abrió la serie… y mandó el balón por encima del larguero. Un mazazo inmediato. Desde el primer lanzamiento, los Socceroos quedaron a contrapié.

Los siguientes cinco tiradores no fallaron. Cada disparo, un nudo más en la garganta australiana. Entre ellos, Salah, que ejecutó su penalti con una calma insultante, como si todo esto no fuera más que un entrenamiento más en un día cualquiera.

Hasta que llegó el chico.

Lucas Herrington, 18 años, defensor, caminó hacia el punto de penalti con todo el peso de un país a la espalda. Golpeó con decisión… y el balón se estrelló en el larguero. Un segundo de silencio. Después, la explosión egipcia.

Abdelmaguid no titubeó. Definió con frialdad, selló el pase de Egipto y dejó a Salah arrodillado, roto, pero de felicidad. Al otro lado, Australia se quedó sin palabras.

Un golpe temprano que cambió el guion

Antes del drama desde los once metros, hubo un partido tenso, físico, a ratos trabado. Y muy pronto, un giro de guion.

Con solo 13 minutos disputados, Emam Ashour silenció a los australianos. Centro de Karim Hafez al segundo palo, Nestory Irankunda pierde la marca, y Ashour, imperial, cabecea a la red. Segundo gol del torneo para él, ventaja para una selección que ya carga con siete Copas de África a sus espaldas, pero que arrastraba una cuenta pendiente en los cruces mundialistas.

El tanto obligó a Australia a salir de su zona de confort. Un equipo que solo había marcado dos veces en la fase de grupos se vio de repente empujado a atacar, a arriesgar, a abrirse ante un rival que, por momentos, dudaba atrás.

Cristian Volpato, el hombre que cambió Italia por Australia justo antes del Mundial, había avisado muy pronto. Menos de cinco minutos de juego y su disparo se estrelló en la parte alta del travesaño. Fue un presagio de lo que vendría después: ocasiones a cuentagotas, pero siempre al filo.

Egipto, que había logrado su primera victoria mundialista en la fase de grupos con un 3-1 ante Nueva Zelanda, no se mostró precisamente sólido en defensa. Nervios, despejes imprecisos, inseguridad. Pero el marcador mandaba.

Australia tardó en responder con algo serio. Su primer tiro a puerta llegó diez minutos antes del descanso, un disparo flojo de Aziz Behich, fácil para Mostafa Shoubir. El guardameta, hijo de Ahmed Shoubir, el arquero egipcio del Mundial de 1990, vivía su propia historia familiar bajo los focos.

Golpe físico, respuesta mental

El primer acto se cerró con un nuevo contratiempo para los Socceroos. Jordan Bos, uno de los jugadores más veloces del torneo, terminó por los suelos tras una dura entrada aérea de Rabia. Se marchó ayudado, sin poder apoyar bien, y Popovic se vio obligado a cambiarlo al descanso por Kai Trewin. Otro golpe a las aspiraciones australianas.

Salah, mientras tanto, apenas aparecía. Con 34 años y recién salido de una lesión en el isquiotibial, el ídolo egipcio vagaba por la zona de tres cuartos, más testigo que protagonista en una primera parte áspera, llena de choques y pocas combinaciones limpias.

Nada más arrancar la segunda mitad, Egipto tuvo la ocasión de matar el partido. Omar Marmoush, atacante del Manchester City, se lanzó al suelo para empujar un balón franco… y lo cruzó fuera por centímetros. Era el 2-0 que habría cambiado la noche. Lo desperdició.

Y el fútbol castigó esa concesión.

Australia se agarra al partido

La respuesta llegó a balón parado. Falta lateral, rosca tensa hacia el área, cuerpos al choque. Mohamed Hany, sometido a la presión física australiana, cabeceó hacia su propia portería y superó a Shoubir. Otro autogol para su cuenta en este torneo, y un grito de liberación para Australia.

De repente, el encuentro se encendió. Ambos equipos olieron la historia. Ninguno había ganado jamás un partido de eliminación directa en un Mundial masculino. El miedo a perder se mezcló con la ambición de entrar en los libros.

Salah seguía sin imponerse. Tocaba, se ofrecía, pero no desequilibraba. El peso del juego egipcio pasaba más por el empuje colectivo y las transiciones que por una gran noche de su estrella.

Australia, herida pero viva, intentó morder. Egipto respondió con tramos de dominio y un arreón final en el tiempo añadido del segundo tiempo. Patrick Beach, el guardameta australiano hasta el cambio previo a la tanda, firmó una parada espectacular en el descuento para negar el gol a Ramy y forzar la prórroga. Una estirada que, por unos minutos, pareció cambiar el destino.

Prórroga, tensión… y la sombra inevitable de los penaltis

Los 30 minutos extra se jugaron bajo una sensación creciente: nadie quería cometer el error definitivo. Las piernas pesaban, la cabeza ardía.

Egipto terminó el tiempo reglamentario más entero. Salah, ya algo más conectado, tuvo una ocasión clara al inicio de la prórroga, pero su disparo con la derecha, su pierna menos hábil, se marchó muy por encima del larguero. Señal inequívoca: los penaltis se acercaban.

Ni uno ni otro equipo encontró la jugada perfecta. Ni una pared limpia, ni un desmarque definitivo. Solo chispazos, faltas tácticas y un reloj que corría hacia la lotería final.

Y allí, en el punto de penalti, se decidió todo.

Australia apostó por la experiencia de Mathew Ryan. Egipto confió en la calma de sus lanzadores y en la figura silenciosa de Shoubir. Souttar falló, los egipcios mantuvieron la sangre fría, Herrington tembló contra el larguero, y Abdelmaguid cerró el círculo.

Salah, que había sido una figura casi secundaria durante buena parte del encuentro, terminó como símbolo. Penalti convertido, lágrimas en los ojos, un país entero celebrando la primera victoria en un cruce mundialista.

Australia, que rozó la hazaña y se vio por momentos más cerca de la gloria que de la eliminación, se marcha con la sensación de haber dejado escapar algo irrepetible.

Egipto, en cambio, por fin ha derribado una puerta que llevaba décadas cerrada. La pregunta ahora es otra: ¿hasta dónde puede llegar este equipo que aprendió, por fin, a sufrir y ganar en la misma noche?

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