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Marruecos elimina a Países Bajos en penaltis y avanza en el Mundial

Marruecos 1 (Issa Diop 90+5’) – Países Bajos 1 (Cody Gakpo 72’). Marruecos gana 3-2 en la tanda de penaltis.

Marruecos acabó convertido en una montaña humana. Ismael Saibari echó a correr, perseguido por sus compañeros, hasta que todos se perdieron en un amasijo de camisetas, brazos y gritos. Un país entero, otra vez, soñando con dejar una huella profunda en las últimas rondas de un Mundial. Esta vez, después de derribar a Países Bajos.

Antes, otra piña había tenido un significado muy distinto. El gol de Cody Gakpo en el minuto 72 no solo parecía abrirle la puerta a los cuartos de final a la Oranje; era un estallido de emoción cruda. Todo el banquillo neerlandés invadió el césped para abrazarle, para sostenerle.

Gakpo había decidido jugar pese al anuncio de que él y su pareja habían perdido a su hijo no nacido. Marcó, se quebró, señaló al cielo camino del círculo central, con Denzel Dumfries abrazándole y tratando de consolarle. Fútbol como refugio, como desahogo, como herida abierta.

En muchos otros relatos, ese disparo habría sido el gol de la redención, el tanto que cierra la historia con una moraleja limpia sobre el poder sanador del deporte. Pero el juego nunca ha prometido justicia. Tiene vida propia. Y a veces muerde.

El plan de Koeman y el castigo final

Ronald Koeman quedará bajo el microscopio. Su apuesta sonó a miedo. Países Bajos había sido irregular en la fase de grupos, sí, pero había firmado siete goles ante Suecia y Japón, y tres más en el trámite frente a Túnez. Nadie había marcado más. Aun así, el seleccionador no se fió de su pegada frente a Marruecos.

Adiós al 4-3-3 de toda la vida, adiós a Tijjani Reijnders, hola a una línea de cinco atrás con la misión de amarrar el resultado. El partido que se anunciaba como un intercambio de golpes se convirtió en un ejercicio de contención.

Koeman, después, no se arrepintió. Defendió su plan y recordó, con razón, que Marruecos no era un rival cualquiera. El resultado, sin embargo, fue un equipo encogido, áspero, cediendo un 70% de la posesión y sin apenas colmillo hasta el tramo final del primer tiempo. Solo un cañonazo de Micky van de Ven, desviado con reflejos por Bounou, asomó como amenaza seria. Para entonces Bart Verbruggen ya había tenido que sostener a los suyos, mientras Marruecos empezaba a subir revoluciones tras el descanso.

Koeman estuvo a minutos de poder darse una palmada en la espalda. Marruecos mandaba con claridad cuando el segundo tiempo se detuvo para la pausa de hidratación. Ese pequeño paréntesis cambió el guion: tiempo justo para sacar del banquillo a Wout Weghorst y sentar al inofensivo Brian Brobbey.

El impacto fue inmediato. Verbruggen sacó en largo, Weghorst peinó y Summerville atacó el espacio, forzando una acción dividida que dejó el balón suelto para Gakpo. Control, determinación y disparo. Gol. Y toda la carga emocional que llevaba dentro.

Durante unos minutos, Países Bajos pareció cómodo en la cuerda, aguantando golpes y castigando al contragolpe, como en aquel camino al subcampeonato de 2010. Pero el partido nunca dejó de ser bronco, espeso, lleno de contactos. Las viejas conexiones entre ambos países añadían tensión a cada duelo, a cada protesta. Jan Paul van Hecke terminó la primera parte con la cabeza vendada y la camiseta manchada de sangre tras su tercer encontronazo.

En la grada, el ambiente tampoco fue amable. A los neerlandeses les recordaron, una y otra vez, la tarde de hace exactamente 12 años en la que eliminaron a México en octavos con un penalti tardío tras la caída de Arjen Robben. Cada toque de los de Koeman en el inicio fue acompañado de abucheos compartidos entre la hinchada marroquí y aficionados neutrales.

Verbruggen se lució en dos estiradas consecutivas ante Neil El Aynaoui y Achraf Hakimi, mientras Marruecos chocaba contra el muro táctico de Koeman, sin la fluidez habitual. Hakimi, sin embargo, encendió la segunda parte con una serie de desmarques interiores que obligaron a Van de Ven a una entrada salvadora al límite. Países Bajos no volvió a tener control real hasta que pudo reajustarse y recurrir al ariete.

El centro perfecto, el cabezazo cruel

El tiempo se consumía y el plan defensivo de Koeman parecía sobrevivir. Hasta que el fútbol decidió otra cosa.

Primer minuto del añadido. Chemsdine Talbi, recién incorporado, recorta hacia su derecha y dibuja un centro magnífico. Al segundo palo aparece Issa Diop, que se eleva con determinación y conecta un cabezazo seco, imparable. Gol. Justicia para Marruecos. Desolación total para Países Bajos.

El partido se fue a la prórroga con dos estados de ánimo opuestos. Marruecos, crecido. Países Bajos, tocado. El tiempo extra, sin embargo, se enfrió. Poco riesgo, piernas pesadas, miedo a cometer el error definitivo. Solo una acción rompió la monotonía: Verbruggen, enorme, volando para sacar un disparo de Soufiane Rahimi que olía a sentencia.

Nada separaría ya a los dos equipos salvo el punto de penalti.

Una tanda de penaltis de filo milimétrico

La tanda arrancó con errores en ambos bandos. El margen se estrechó a cada lanzamiento. Y entonces llegó el detalle mínimo que lo cambia todo.

Rahimi lanzó, Verbruggen adivinó el lado y tocó el balón. Parecía detenido. Pero la pelota, caprichosa, se le escurrió por el talón y terminó dentro. Koeman, después, señaló ese instante como un momento bisagra.

El golpe psicológico pesó. Quinten Timber envió su disparo muy desviado, una ejecución defectuosa en el peor momento posible. Hakimi, que suele moverse con frialdad en estas escenas, estrelló el suyo en el poste. La tensión subió un grado más.

Bounou agigantó su figura. Saibari, el mismo que luego saldría corriendo hacia la eternidad de la celebración, cerró la tanda para desatar el delirio marroquí. 3-2 desde los once metros. Europa, en un día gris para sus potencias, veía cómo se abría otra puerta para el mejor representante africano del momento.

Marruecos ya tiene cita con Canadá en los octavos. Países Bajos, en cambio, se marcha con un plan conservador bajo sospecha, un vestuario roto por la emoción y la sensación de haber dejado escapar algo más que un simple billete a la siguiente ronda.

Marruecos elimina a Países Bajos en penaltis y avanza en el Mundial