Egipto e Irán: un emocionante inicio de Mundial
El descanso para la hidratación se anuncia y el estadio ruge. No solo hay aplausos: también llueven los abucheos. El termómetro marca calor, pero el partido hierve por otra razón. Egipto e Irán se están midiendo de tú a tú, sin complejos, en un arranque de encuentro que ya huele a clásico de Mundial.
La presión es asfixiante por los dos lados. Egipto golpea primero, Irán responde sin titubear. En apenas un cuarto de hora, el guion acumula un gol encajado, un penalti fallado y una reacción furiosa del conjunto asiático que desemboca en el 1-1. Nada de tanteo, nada de especular: los dos gigantes de África y Asia se lanzan a por el cuello del rival desde el primer minuto.
En las gradas, el público iraní marca el ritmo. No solo estalla cuando su equipo se lanza al ataque; también truena cada vez que la defensa frustra un intento egipcio en el área. Cada despeje se celebra como un gol, cada robo de balón enciende otra vez el ambiente. El ruido es constante, casi ensordecedor.
El momento que cambia el pulso del partido llega con una doble acción eléctrica. Mostafa Shobeir saca una mano milagrosa abajo a su izquierda, una parada que parece imposible. El balón, sin embargo, queda vivo en el segundo palo. Ahí aparece Ramin Rezaeian, casi sin ángulo, y desata la locura.
El lateral iraní, que ya había firmado un doblete en el debut ante New Zealand, engancha un disparo violento, ascendente, desde un ángulo agudísimo. La pelota se cuela en la red y convierte el 1-0 en 1-1 con un remate que desafía la lógica. Tres goles ya para él en este Mundial, máximo artillero de su selección en el torneo y símbolo de una reacción inmediata.
El partido no afloja. Egipto intenta recomponerse, Irán huele la sangre. El equilibrio en la presión se mantiene, pero la sensación es de montaña rusa: cada llegada parece definitiva, cada error puede costar carísimo. Y todo esto, apenas en los primeros quince minutos.
Ramin Rezaeian, el hombre del momento
La figura de Rezaeian se agranda con cada toque. Tras su exhibición inicial contra New Zealand, vuelve a aparecer en el escenario grande cuando más lo necesita su selección. Primero, como amenaza constante en la banda. Después, como definidor letal en el segundo palo.
En otra acción, el balón vuelve a caerle en zona de peligro. Irán presiona alto, recupera y abre el juego desde la izquierda. La pelota le llega a Rezaeian, que busca el golpeo de primeras con la zurda. Esta vez el remate se le va muy desviado, se le va el cuerpo hacia atrás y la ocasión se esfuma. Pero el mensaje queda claro: cada balón suelto cerca del área egipcia lleva su firma potencial.
La sensación en el estadio es nítida: este duelo entre Egipto e Irán, sin potencias europeas ni sudamericanas en escena, está ofreciendo un arranque de Mundial que compite con cualquier gigante. Ritmo, tensión, público encendido y un protagonista que ya se ha instalado entre los nombres propios del torneo.
New Zealand–Belgium: lección dura a balón parado
En el otro partido, la historia se escribe a un ritmo distinto, pero con una enseñanza clara. New Zealand resiste, se ve favorecida por el VAR en una decisión clave y, aun así, termina castigada por un error básico en defensa.
La primera gran polémica llega cuando el balón impacta en el brazo de Finn Surman dentro del área. La decisión inicial señala penalti, pero la revisión cambia todo: el defensa tiene el brazo pegado al cuerpo, el esférico iba directo al costado, y la pena máxima se anula. Ni siquiera hay córner; la reanudación se hace con balón para el guardameta. Belgium protesta, siente que el dominio no tiene recompensa, pero debe volver a empezar.
Kevin De Bruyne se mueve con total libertad, como siempre que su selección le suelta las riendas. Se descuelga, aparece entre líneas, organiza. Jeremy Doku alterna derecha e izquierda, rompe por fuera, obliga a recular a New Zealand. El resto del equipo mantiene una estructura rígida, bien definida, para sostener ese caos creativo que generan sus dos hombres más talentosos.
La insistencia acaba por romper el muro. El gol nace en un córner que New Zealand defenderá durante mucho tiempo en la memoria. El envío viaja al segundo palo, donde Tim Payne comete el pecado capital del defensor: da la espalda al balón. El esférico rebota en él, cae muerto en el área pequeña y Leandro Trossard no perdona. Control mínimo, disparo feroz al techo de la portería y 0-1.
Dion Dublin lo resume con crudeza desde la cabina: no se puede defender así. En un saque de esquina, girar la espalda es una invitación al desastre. Payne pierde la referencia del balón y del rival; con la vista puesta en ambas, habría despejado sin apuros. En lugar de eso, Trossard convierte el despiste en ventaja y Belgium encuentra el premio que venía buscando desde el inicio.
El detalle curioso: ni siquiera el parón para la hidratación enfría a los europeos. Salen del breve descanso con la misma intensidad, corriendo más, apretando más, imponiendo el ritmo. Nada rompe su inercia. El gol, como venían anunciando las sensaciones, termina cayendo.
Belgium muestra otra cara respecto a sus dos primeros encuentros: más hambre, más metros recorridos, más control del partido. New Zealand, en cambio, descubre de la forma más cruel que en un Mundial un solo gesto, un solo giro de espalda, puede costar un punto… o mucho más que eso.
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