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Haaland brilla en la victoria de Noruega sobre Brasil

Brasil 0-1 Noruega. Marcador corto, partido rarísimo. Y una certeza: cuando el encuentro pide un héroe, suele aparecer el mismo de siempre. Erling Haaland.

El delantero noruego decidió un duelo espeso en el minuto 79, en un partido jugado en New Jersey bajo una humedad sofocante que pareció nublar las ideas de los dos equipos. Brasil desperdició un penalti, se enredó en su propio plan conservador y terminó pagando su falta de colmillo ante una Noruega que había pasado casi todo el encuentro sin atreverse a morder.

Un primer tiempo de nervios y reproches

La primera parte fue más un ejercicio de paciencia que de fútbol. Noruega mandó en la posesión, rondando el 60%, pero sin convicción en los metros finales. Mucho toque, demasiada pérdida tonta. Brasil, en cambio, se agazapó atrás, esperando el error para salir a la contra. La grada, vestida de amarillo, no lo entendió: silbidos claros hacia el final del primer acto para la propuesta prudente del técnico italiano.

Hubo destellos. Gabriel Martinelli apareció por la izquierda con una arrancada eléctrica y un centro raso que Nyland apenas logró desviar con la bota, una intervención que pudo acabar en autogol. Vinícius, cada vez que aceleraba, encendía alarmas: primero se escapó en transición, luego se plantó en el área, recortó y obligó a Nyland a una buena parada para mantener el 0-0.

Noruega, mientras tanto, jugaba a ratos contra sí misma. Nusa, hiperactivo, encaró una y otra vez desde la izquierda, pero casi siempre terminó perdiendo el balón y regalando contras. Odegaard probó suerte en un contragolpe, pero su disparo se marchó a la red lateral. Haaland, sorprendentemente aislado, apenas tocó balón y cuando lo hizo también se equivocó.

El partido, aun así, ofreció dos sacudidas claras antes del descanso: un gol noruego anulado y un penalti fallado por Brasil. La estadística que lanzó la retransmisión fue demoledora: Bruno Guimarães se convirtió en el primer brasileño en fallar un penalti en un Mundial desde 1986. Su lanzamiento, con carrera entrecortada, se marchó al limbo y dejó al equipo con una sensación de oportunidad desperdiciada que pesaría más tarde.

Brasil se suelta… pero no remata

Tras el descanso, el guion cambió de tono, no tanto de argumento. Noruega ajustó con los cambios: Bobb y Schjelderup entraron por Nusa y Sørloth, buscando más cuidado con el balón. Lo lograron a medias. Tuvieron menos pérdidas absurdas, pero tampoco ganaron demasiada profundidad.

Brasil, en cambio, empezó a oler sangre a la contra. Martinelli siguió atacando espacios, Vinícius comenzó a ganar duelos uno contra uno y el equipo empezó a instalarse unos metros más arriba. Un córner, un disparo enroscado de Rayan que obligó a Nyland a intervenir, varias transiciones que pillaron a los nórdicos mal parados. El portero noruego, muy seguro, se iba ganando el título oficioso de mejor del partido.

El momento que pudo cambiarlo todo llegó en el minuto 60. Vinícius, con un toque de exterior marca de la casa, filtró un pase delicioso para Endrick, recién ingresado por Cunha. El joven delantero se plantó solo, corrió libre hacia la gloria… y cruzó demasiado el disparo. El balón se perdió junto al palo. Era la ocasión que todo nueve sueña. La dejó escapar.

Poco después, otra señal de que el partido se estaba moviendo hacia un desenlace grande: Neymar entró al campo por Martinelli. La expectativa en la grada subió de golpe. Sin embargo, Brasil no terminó de convertir esa energía en ocasiones claras. Atacaba a ráfagas, sin continuidad, como si el plan inicial de replegar y salir al espacio siguiera pesando en las piernas y en la cabeza.

Noruega despierta tarde, pero a tiempo

Durante buena parte del segundo tiempo, Noruega fue un equipo tímido. Para un conjunto que había arrasado en la fase de clasificación con un caudal de goles descomunal, su presencia ofensiva resultaba casi irreconocible. Tocaban, giraban, pero no arriesgaban. Parecía que el miedo a perder pesaba más que el deseo de ganar.

Hasta que el partido se abrió de verdad. Primero, un aviso: un centro tenso desde la derecha se paseó por el área pequeña y Haaland se quedó a centímetros de empujar el balón a la red. Después, otra llegada, con Schjelderup encontrando hueco y obligando a Alisson a intervenir con seguridad en su palo. Noruega, por fin, había entendido que Brasil no era intocable.

La presión terminó por cobrar su precio. En el minuto 79, Haaland, que había pasado casi todo el partido entre sombras, se hizo gigante. Se impuso en el cuerpo a cuerpo, aguantó la marca, se asoció y acabó firmando el 0-1 que congeló el ambiente. El delantero, discreto hasta entonces, necesitó apenas una acción limpia para decidirlo. Quién si no.

Del otro lado, Alisson mantuvo el tipo durante todo el encuentro, con varias paradas firmes, incluida una estirada clave ante un disparo de Odegaard en el descuento de la primera parte. Pero ni siquiera su solvencia pudo tapar el problema principal: Brasil defendió razonablemente bien, atacó a chispazos y nunca encontró un ritmo sostenido.

Un Brasil que duda y una Noruega que aprende a ganar feo

El tramo final fue un contraste brutal con el comienzo del partido. Noruega, que había sido lenta y errática en la circulación, bajó todavía más el ritmo, casi hasta el límite de la desesperación brasileña. Posesiones largas, faltas tácticas, pausas. Brasil, obligado por el marcador, intentó adelantar líneas, pero se topó con un rival que ya solo pensaba en cerrar la puerta.

Entró Ederson por Bruno Guimarães en los minutos finales, un cambio que olía a tanda de penaltis en caso de prórroga. El plan se hizo añicos con el gol de Haaland. A partir de ahí, el equipo sudamericano se volcó sin demasiada claridad, con más corazón que ideas. No bastó.

Queda una imagen nítida: una selección acostumbrada a mandar, silbada por su propia afición, atrapada entre un plan conservador y la exigencia histórica de jugar hacia adelante. Del otro lado, un conjunto nórdico que llegó al Mundial con fama de vendaval ofensivo y que, en una tarde pesada y enrarecida, terminó ganando como lo hacen los equipos adultos: sufriendo, especulando y pegando cuando cuenta.

La pregunta, inevitable, se instala sobre Brasil: ¿es solo un tropiezo extraño en la humedad de New Jersey o el síntoma de un equipo que todavía no sabe quién quiere ser en este Mundial? Noruega ya dio su respuesta. Con Haaland, a veces basta con una ocasión.