Logotipo completo Gol y tribuna

La goleada de Francia y el gesto de Cherki con Deschamps

La noche estaba hecha para celebrar. Francia acababa de pasar por encima de la Suecia de Graham Potter con un 3-0 rotundo, el vestuario sonreía, el debate giraba en torno al brillo ofensivo y al cartel de gran favorita. Pero mientras el resto del grupo festejaba, una secuencia captada por las cámaras abrió una grieta incómoda en el relato perfecto.

En el centro del campo, solo, Rayan Cherki. El mediapunta, con minutos contados durante todo el torneo, saludaba a la grada cuando Didier Deschamps se acercó para felicitarle. El seleccionador extendió la mano. El ex del Lyon pareció apartarla con un gesto seco. Deschamps insistió, buscó de nuevo el contacto. Cherki se agachó para atarse la bota. Un movimiento mínimo, pero elocuente. El técnico, 57 años, quedó descolocado. Las redes hicieron el resto.

No es un simple malentendido para un futbolista cualquiera. Se trata de un jugador llamado a liderar una generación, hoy en el Manchester City, que vive el torneo desde un papel secundario que empieza a quemar. No ha sido titular en ningún partido en Norteamérica. Solo apariciones fugaces: cuatro entradas desde el banquillo, 51 minutos en total. Un torneo que, por ahora, ve pasar de reojo.

Ante Suecia, el mensaje fue claro. Deschamps lo mandó al campo junto a Jean-Philippe Mateta, de Crystal Palace, cuando el reloj ya rozaba el 85. Cinco minutos para un futbolista que necesita balón, peso, jerarquía. Cinco minutos que, a ojos del jugador, parecen muy poco en una selección que arrasa y en la que él se siente actor de reparto.

La competencia arriba es feroz. Michael Olise se ha adueñado del rol de número 10 con actuaciones brillantes. Bradley Barcola y Desire Doue empujan fuerte por fuera. La riqueza ofensiva francesa, celebrada por todos, se ha convertido en un muro para Cherki, que hoy es el gran damnificado de un plantel repleto de talento.

Mientras el supuesto desplante corría como la pólvora en redes sociales, Deschamps optó por otro mensaje en la sala de prensa. Nada de incendios. Solo elogios al bloque.

«Hay una buena conexión. Cuando hay que trabajar duro con el balón, todo el mundo participa, incluidos los delanteros. Es algo muy bueno. Obviamente, me complace y estoy orgulloso. Tenemos que mantenerlo», subrayó el seleccionador, poniendo el acento en la solidaridad de su línea ofensiva, repleta de estrellas pero también de obligaciones sin balón.

El técnico, sin embargo, no esquivó la cuestión de fondo: gestionar egos y frustraciones en un vestuario de este calibre es una tarea diaria. «El espíritu de equipo no gana partidos, pero puede perderlos», advirtió. Una frase corta, pero cargada de intención. Sabe lo que se juega. Sabe también que cada minuto que reparte tiene una lectura en el banquillo.

«Puede haber jugadores decepcionados porque no juegan lo suficiente o nada; puede haber frustraciones, pero la fuerza del colectivo es primordial», añadió. Ahí está la línea roja. Deschamps no niega el malestar de quienes casi no participan, pero marca el límite: nadie puede estar por encima del grupo, por muy brillante que sea con el balón en los pies.

El caso Cherki, por ahora, se mueve en el terreno de los gestos y las percepciones. No hay declaraciones incendiarias ni rupturas abiertas, pero sí una sensación clara: al mediapunta se le queda pequeño el rol de revulsivo de último tramo. Y cuando un talento así se siente arrinconado, cualquier detalle —una mano apartada, una bota que se ata justo a tiempo— se convierte en símbolo.

Mientras el debate se enciende fuera, dentro del vestuario el calendario no concede respiro. Francia ya mira a su duelo de octavos de final ante Paraguay en Philadelphia. Un partido de eliminación directa, un escenario ideal para los que se sienten olvidados y buscan una rendija para cambiar la historia del torneo.

La cuestión es sencilla y, a la vez, decisiva: ¿habrá espacio para que Cherki pase de figurante a protagonista cuando la presión apriete de verdad?